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Armero: la profecía de amor que se cumplió en la tragedia

  • Foto del escritor: Diego Fernando Romero Leal
    Diego Fernando Romero Leal
  • 14 nov
  • 6 Min. de lectura
Víctimas tragedia de Armero

Las palabras de Roberto Londoño se volvieron proféticas. Ese agosto de 1983, en la homilía que pronunció por los setenta años de casados de Lázaro y Waldina, que aún se puede escuchar en la cinta de un casete refundido, habló del amor que se habían tenido esos dos viejos durante siete décadas en las que jamás se separaron, de cómo habían criado a sus hijos juntos, y de cómo mantenían ese amor que nada -ni la muerte- podría separar. Dos años después, Lázaro, de noventa y siete años, y Waldina, de noventa y uno, murieron juntos la noche del trece de noviembre de 1985, cuando el volcán Nevado del Ruiz borró a Armero y sepultó a veinticinco mil personas bajo el lodo.  

 

La vida antes del fin del mundo

 

Setenta años atrás, un cruce de miradas silenciosas a través de la ventana de un almacén en La Ceja, Antioquia, sería el comienzo de un lazo irrompible. Lázaro Arango, un próspero arriero, llegaba montado en su mula campeona de paso colombiano con su recua completa cargada de mercancía, para descargarla frente al almacén de don Luciano Palacio. Desde la ventana, Waldina lanzaba sus miradas sobre Lázaro, miradas que él devolvía como un espejo devuelve un reflejo. No había palabras, ni visitas, ni cortejo entre ellos. Hay miradas que matan y miradas que enamoran. Así que cualquier día Lázaro se armó de valor y pidió permiso a don Luciano para casarse con su hija, de una vez, sin tantas vueltas. Con el consentimiento del suegro, nació un idilio de setenta y dos años y catorce hijos, de los cuales sobrevivirían la mitad.

 

Montados en la ola de la colonización antioqueña, la familia Arango Palacio se instaló en Cajamarca, en el departamento del Tolima. Allí, junto a Malena —así llamaban cariñosamente a Magdalena—, la madre de Lázaro, y sus tías Isabel y María, se hicieron a una inmensa casa esquinera separada de las otras solo por cercas, que los niños atravesaban para correr y bajar las frutas de los árboles, sin importar el propietario. Eran tiempos en los que se vestía de paño, y por los que el almacén La Tijera, especializado en paños ingleses, vio la luz, trayendo bonanza a la familia, hasta que las llamas de un incendio se tragaron el esfuerzo de años. Al día siguiente, bajo un toldo improvisado en el centro de la plaza del pueblo, Lázaro trataba de vender lo poco que se había podido rescatar, mientras pensaba qué hacer después de la zancadilla que le acababa de poner el destino.


De las cenizas de Cajamarca, tal vez surgió la idea de trasladarse a Armero, el municipio más próspero del norte del Tolima. Conocida cono la ciudad blanca por sus extensos cultivos de algodón, era considerada la segunda capital del departamento y el centro de un cruce de caminos al que concurrían comerciantes de los municipios cercanos. Caía como anillo al dedo a un hombre como Lázaro. Allí, en una esquina que abarcaba media manzana frente a la plaza, abrió sus puertas el Almacén de Novedades Lázaro Arango, una miscelánea en la que se vendía desde bicicletas y cortes de tela, hasta camas, juguetes para niños y peces de colores que nadaban en un estanque sobre el mostrador.

 

Lázaro Arango en su mula "La Coqueta"
Lázaro Arango Botero en su mula de paso "La Coqueta", declarada fuera de concurso en multiples ferias agropecuarias.

La casa de Lázaro y Waldina, en el centro de ese pueblo que casi todos los días hervía a treinta y cinco grados, se convirtió en el corazón de la familia. Tras los inmensos muros blancos, Lázaro sembraba matas, quizás con la devoción de quien aún se asombra cuando la vida crece, y junto a la cocina le leía a su esposa las noticias del periódico El Espectador, del que luego ella ojeaba la caricatura de La Negra Nieves y recortaba las recetas para prepararlas. La señora de la casa dirigía la coreografía con la que se separaban las carnes, las frutas y las verduras que irían a parar a una nevera grandota que funcionaba con petróleo, y era la custodia de los secretos de la preparación de la natilla y los buñuelos, que en ocasiones debía esconder en tarros para que unos no se comieran los de otros.

 

Lázaro era un hombre alto, de casi dos metros, fornido, que se levantaba a las 4:30 de la mañana, para bañarse y perfumarse sin falta, como casi todos los días de su vida, para ir a la plaza por el mercado. Waldina era pequeña y de cabello blanco, una mujer elegante de vestido y zapatos impecables en la calle, y de chanclas en su casa; dulce, pero de carácter fuerte, la monarca de aquel reino doméstico.


Sus hijos crecieron y multiplicaron la familia con un pelotón de nietos que el tío Lázaro hacía marchar por las calles de Armero marcándoles el paso, para luego, ante las miradas sonrientes de los parroquianos, dejarlos descansar al grito de “rompan filas”. En esa casa los niños estrenaron obras de teatro y coreografías de baile, se peleaban, se reían, se robaban el queso y las arepas, y escuchaban la música de Nat King Cole con sus tíos junto al camastro del patio. 

 

Cada diciembre, el Niño Dios, sin falta, llegaba a la casa de Lázaro y Waldina, eso sí, haciendo una parada previa en el Almacén de Novedades de Lázaro Arango, en donde recogía los triciclos, muñecas, vajillitas, entre otros regalos para los niños, que jamás sospecharon nada. Sin televisión siquiera, al parecer esos pequeños aún creían en la blancura de los cisnes.

 

1985

 

El veintitrés de julio murió Martha Eugenia, de veinticuatro años, nieta de los abuelos Arango Palacio. En el entierro, Waldina se acercó a su nieta Magdalena para manifestarle algo que en su momento parecía una exageración con un poco de culpa: “No entiendo cómo Dios se lleva a una niña como Martha y de nosotros, que ya estamos viejos, no se acuerda”. Luego añadió: “Yo le pido a Dios que se lleve primero a Lázaro, que por ningún motivo lo vaya a dejar solo. Yo tengo que cuidarlo a él en su enfermedad cuando se vaya a ir, y al otro día, si es posible, irme yo". Ese día también le pidió que, cuando ella ya no estuviera, le hicieran una misa concelebrada, bien bonita, con al menos diez sacerdotes.

 

Menos de cuatro meses después, ambas peticiones se cumplieron.

 

Durante meses se había hablado de la amenaza del volcán. A pesar de lo que se dijo después, la tragedia no fue una sorpresa; todo el mundo sabía que algo iba a pasar. Quizás lo sorpresivo fue la dimensión. Por esta razón, los miembros de la familia llamaban a Lázaro y Waldina para intentar convencerlos de viajar a Ibagué, pero la respuesta era un contundente: “No vamos a dejar la casa, no vamos a ir a hacerle estorbo a nadie”.

 

El mismo trece de noviembre por la tarde, cuando sobre Armero caían montones de arena y ceniza, su hijo Ernesto contactó a Waldina. Al otro lado de la línea, con un pañuelo en la boca para poder respirar, ella le dijo que se quedara tranquilo en su casa, que no pasaba nada. De nuevo, un no rotundo a la evacuación. Más tarde, contra la voluntad de los viejos, lograron que un conductor llevara desde Ibagué hasta Armero a uno de sus nietos, Luis Alberto, para que sí o sí regresaran con los abuelos. Pero el lodo caliente les cortó el camino, el Ruiz ya había barrido a Armero y Luis Alberto y el conductor se salvaron, quizás, por una hora.

 

Esa noche, el volcán se encargó de cumplir la profecía del padre Roberto Londoño, porque Lázaro y Waldina murieron juntos, como estuvieron durante setenta y dos años. Y aunque la avalancha se los llevó, y se llevó la casa y el pueblo, aún quedan las fotografías, las canciones, la receta de la natilla y de los buñuelos escondidos en tarros, los recuerdos de la mula campeona, del almacén en el que hasta el Niño Dios compraba, de las miradas entre dos jóvenes en un pueblo de Antioquia amaneciendo el siglo XX. Cuarenta años después, todo eso sigue vivo, porque son vivos los recuerdos que se niegan a ser tragedia.


 

2 comentarios


sandra palacio
sandra palacio
15 nov

Sencillamente hermoso. Que linda forma de preservar la memoria. Gracias, Diego.

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Daniela Galvez Echeverry
Daniela Galvez Echeverry
14 nov

Hermoso. Gracias Diego, por darnos tan hermoso regalo 🩵

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Diego Romero autor del blog Tres Veces el Viaje en el Cañón del río Combeima en Colombia

Sobre mí

Nací por allá a finales de los 70´s del siglo XX en Ibagué, una ciudad en la falda de la Cordillera Central en el departamento del Tolima en Colombia.

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