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Ahora lo ves, ahora no lo ves

  • Foto del escritor: Diego Fernando Romero Leal
    Diego Fernando Romero Leal
  • 8 ene 2024
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 11 ene 2024


La excursión del colegio pasó por allí para llegar a Mariquita, un municipio en donde quedaban las “Cataratas de Medina”, un balneario sobre el río Gualí al que no sé a quién se le ocurrió que podría ser buena idea llevar a niños de primaria. Aunque llamarlas “cataratas” era exagerado, había rápidos en el río que lo hacían torrentoso. Algunos de mis compañeros se lanzaron al agua en la parte más llana, con la felicidad de un perro que por primera vez se mete al mar y sale empapado, con la lengua afuera y moviendo la cola. Mi instinto de 8 años me dijo, mejor no.

 

El llano del Tolima es caliente y el viejo bus Ford no tiene aire acondicionado, no tiene sillas acolchonadas y las ventanas escasamente abren. Todos estamos en un horno sobre ruedas que se mueve lentamente. Lo que en 2023 tarda una hora y treinta minutos, en 1985 podrían ser cuatro dentro de ese chasis verde al que le cuesta subir las colinas de la carretera. Para no morir del calor y tampoco del tedio, por si acaso cuento las cabezas de mis compañeros, no fuera que alguno se hubiese quedado en ese río de remolinos.

 

Como los 35 grados agotan, sobre todo al bus, de vuelta, nuevamente nos detenemos en aquel pueblo que la semana siguiente sería borrado del mapa. Todos nos bajamos. Es un esfuerzo por apegarse al mal menor. Afuera del bus hace más calor, pero necesitamos estirar las piernas y tomar agua. Los compañeros que hace un par de horas parecían perritos de mar, ahora parecen perritos de taller, echados en el andén a la sombra de un árbol tratando de sobrevivir a los rayos del sol. Entramos a una tienda de tantas sobre la carretera. Una señora entrada en años nos atiende. Está contenta de atender a esta horda de infantes que invade su local y que agota las existencias de agua y refrescos. Un buen día para el negocio, aunque tenga que limpiar las vitrinas llenas de polvo. Afuera hay algunos Renault parqueados con los parabrisas cubiertos del mismo material. Si los dueños no estuvieran tratando quitar esa capa de tierra hubiese pensado que estaban abandonados hace años.

 

En este pueblo, los que no viven de la carretera y sus viajantes, viven del arroz, el algodón y de la agroindustria. Como el viaje no es solo tirarse al charco, los profesores aprovechan para hacer pedagogía y a cada pueblo por el que pasamos le asignan una fruta y un cereal: Mariquita: mangostino y aguacate; Guayabal: arroz y plátano; Venadillo: arroz y sorgo; Lérida: arroz y cacao. Por la ventana se ven los cultivos en una proyección casi infinita, de la que los profes se sienten orgullosos porque el Tolima, dicen, alimenta prácticamente a todo el país.

 

Tras horas de viaje por fin llegamos a Ibagué. Es viernes 8 de noviembre. Con el cansancio encima despisto el hambre con caldo de papa y carne mientras vemos en familia qué ha pasado con la toma guerrillera del Palacio de Justicia en Bogotá. A esas alturas de la vida, ya me estaba entrando la conciencia de que en Colombia no se ven las noticias, más bien se ve la historia en vivo y en directo.

 

El jueves 14, nos despertaron las sirenas. La estación de bomberos queda muy cerca de nuestra casa y la calle 23 es por dónde todos los carros que vienen del centro buscan la avenida principal, la Quinta, al lado de la que también vivimos. Camino al colegio y durante toda la mañana se escuchan más sirenas a las que se suman hélices de helicópteros quebrando el aire. Hay rumores sobre una inundación, pero nadie atina a un dato cierto.

 

A mí regreso, el almuerzo y las noticias. Y ahí está, o más bien ya no está. En la TV se ve una toma desde uno de los helicópteros que escuchamos en la mañana en la que hay una montaña y una gran playa gris que cubre lo que hasta la noche anterior solía ser Armero, ese pueblo que la semana pasada aún existía.

 

El Nevado del Ruiz hizo erupción a las 9 de la noche y a las 11, como por arte de magia borró el pueblo y 20 mil de sus 29 mil habitantes con dos lahares de los ríos Azufrado y Lagunilla, que arrastraron 35 millones de toneladas de rocas, árboles, lodo y escombros. En el noticiero mostraban a Armero antes y después. Ahora lo ves, ahora no lo ves. Mientras veía a los rescatistas sacando personas cubiertas de lodo, como piedras humanas, no podía dejar de pensar que tan sólo cinco días atrás estuve ahí, tomando agua en aquella tienda, que el polvo era ceniza y en qué sería de la señora y los tipos de los Renault. Un tercer Lahar por el río Chinchiná aumentó la cifra de muertos a 23 mil y un cuarto bajó por el río Gualí destruyendo algunas edificaciones en el municipio de Honda.


Sí, el río Gualí, el mismo río torrentoso y de remolinos en el que no había querido zambullirme la semana anterior. Armero se sumó a la lista de tragedias en Colombia provocadas por la naturaleza y por el hombre, que iría construyendo desde mi infancia. Con el tiempo fui conociendo historias como las de varias maestras compañeras de mi madre, una que se salvó de la riada con toda su familia escondiéndose tras una columna, otra que logró salir del lodo caliente mientras sentía que su hermana más al fondo soltaba su mano y se hundía y una más que buscó por años a su hermano, un estudiante de la Granja de la Universidad del Tolima ubicada a unos kilómetros y a quien justo esa noche decidió ir a dar una vuelta. Conocí el rostro de la impotencia en quienes esa misma noche intentaron evacuar a sus familiares antes de que este desastre anunciado pasara, pero no pudieron llegar porque ya no había carretera.

 

Hoy Armero es una diáspora que se reúne cada 13 de noviembre en los pocos muros que quedaron del pueblo. La carretera por lo que pasé hace 38 años serpentea por el mismo trazado, pero ahora pasa frente al tercer piso de lo que alguna vez fue el hospital. Allí hay unas pocas ruinas, la cúpula de la iglesia, la caja fuerte del banco, la cruz gigante frente a la que se arrodilló Juan Pablo Segundo para declarar ese paisaje gris camposanto y, como hace casi cuatro décadas, cultivos en proyección casi infinita. A veces las tragedias son lejanas, otras veces nos atraviesan y otras simplemente nos rozan.



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Diego Romero autor del blog Tres Veces el Viaje en el Cañón del río Combeima en Colombia

Sobre mí

Nací por allá a finales de los 70´s del siglo XX en Ibagué, una ciudad en la falda de la Cordillera Central en el departamento del Tolima en Colombia.

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