Chewbacca: La historia del perro perdido que recorrió 6 kilómetros buscando el camino a casa
- Diego Fernando Romero Leal
- hace 5 días
- 4 Min. de lectura
Chewbacca se perdió. El perro de mi cuñado, un Chow Chow negro de unos doce años se fue de la casa de unos amigos, un conjunto residencial campestre junto a una quebrada y cerca de las montañas. Cuando J y Carolina se levantaron, el perro no estaba: se había escapado durante la madrugada. Mi cuñado y su familia reciben la noticia en Panamá, donde pasan unos días que, a partir de ese momento ya no son de descanso. Raúl y Alejandra lloran, temen por el perro porque no sabe cruzar las calles y podrían atropellarlo. Mariana, la más pequeña, guarda unos juguetes que le acaban de regalar en Panamá y promete no volver a jugar con ellos hasta que aparezca su perro. Raúl Alejandro, el mayor, es más parco, pero su tristeza se manifiesta en no querer hacer nada, en estar muy callado. Hacen lo que sienten o pueden separados por mil kilómetros de impotencia. El resto de la familia prende velas a vírgenes y santos, los perfiles en redes sociales se actualizan con la foto de Chewbacca, amigos recorren las calles y se ofrece una recompensa.
Chewbacca es un perro noble, es un caballero y por eso hasta los que no nos sintonizamos tanto con la idea de tener una mascota le tenemos aprecio. Cuando está en la casa, no se siente. No ladra al paso de cada vendedor de helados, verduras, mazamorra y empanadas de cambrai –lo que sea eso – que pasa por el barrio. Es como un fraile en voto de silencio. Alguna vez ladró y, como no le pararon bolas, los ladrones se llevaron el espejo de una camioneta. Al parecer guarda sus ladridos para momentos importantes.
No es un perro velón. A la mesa solo se acerca si lo llaman y se sienta a una distancia prudente, respetando el espacio personal infinitamente mejor que muchos seres humanos que conozco. No aúlla ni ladra por la comida, no sube la pata sobre la pierna del comensal, no babea ni saca la lengua, no ladea su cabeza hacia un costado. Solo se queda ahí, con su mirada paciente esperando que le compartan un bocado y cuando lo hacen se acerca con cuidado, sin lastimar la mano de quien lo alimenta. Chewbacca sabe pedir con chaqueta.
Para mí es inevitable pensar pendejadas. Como tenía la convicción de que iba a aparecer, imaginé los titulares de prensa del suceso: “Perro cruza la línea y aparece vendiendo artesanías con hippies en Salento”, o “Hachiko colombiano aparece en la Terminal de buses de Ibagué esperando a sus dueños”. Más allá de mi habilidad para titular, la intención de estas imaginerías era preguntarme qué estaría haciendo Chewbacca, o qué haría yo si estuviera en sus pezuñas.
En Colombia la desgracia de unos es la oportunidad de aprovecharse de otros. Al otro lado de la línea una voz sin interés le asegura a mi cuñado haber encontrado la mascota. Aunque no pidió dinero de entrada, más temprano que tarde lanzó una cifra de quinientos mil pesos como recompensa que debía ser girada electrónicamente. Como perro no come perro, Raúl pidió que el encuentro fuera frente a una estación de policía y el pago, allí, en efectivo. En otras palabras, perro en mano y plata a tierra. Obviamente, nunca aparecieron. Otros embaucadores también trataron de estafar a la familia afirmando tener a “la perrita blanca”. Al parecer a Chewbacca se le cambió el sexo y quedó blanco del susto al extraviarse.
En este punto, también pienso en Carolina y en J. La carga de la culpa de perder a un perro que no es solo una mascota, sino un hijo más, un hermano más. Cómo habrá sido el instante antes de contactar a mi cuñado, el corto silencio y la pausa en la voz antes de hablar. Cómo das esa noticia, cómo pones la cara, cómo entierras la cabeza, entendiendo que no controlas los instintos de un perro y que a cualquiera le puede pasar.
A mediodía suena el móvil de Carolina. Una mujer afirma haber encontrado a Chuw y pide que anoten su dirección. No hay tiempo para más: tomar las llaves del carro, avisar a dos amigos para que se dirijan al lugar y salir de inmediato rumbo al punto. Sí, es él. El perro que está acostado cual largo es sobre el andén es Chewbacca. La chica que lo encontró estaba paseando a su perro por una zona verde y vio que, tras unos arbustos, algo se movía. Allí estaba, acostado, cansado. Ella lo reconoció por las publicaciones en las redes sociales y decidió llamar. En Colombia la desgracia de unos es la oportunidad de hacer lo correcto por otros. Cuando se ofreció entregarle a la joven el dinero de la recompensa, lo rechazó. Quizás no hay un lugar donde el Ying y el Yang encajen mejor que en esta esquina de Suramérica.
Al momento de irse al veterinario con una pata hinchada y deshidratado, Chewbacca había estado perdido cerca de cuarenta horas; caminado más de seis kilómetros, recorrido unas sesenta cuadras; cruzado al menos cinco avenidas principales y como mínimo ocho semáforos para llegar al barrio Varsovia en Ibagué, sobreponiéndose a los temores de sus dueños. Pero cuando se supo dónde apareció, me volví a hacer la pregunta: ¿qué estaría haciendo Chewbacca? No lo sabremos, pero la trayectoria que seguía está sospechosamente en la ruta hacia una casa familiar en el campo, en donde el perro es libre a sus anchas. Tal vez Chewbacca, y esto es pura especulación, estaba buscando a sus dueños, pero no le alcanzó la energía para recorrer los siete kilómetros restantes.
Qué hubiera pasado si lo logra. Cuáles serían los titulares de prensa para ese viaje increíble. “Perro perdido recorre trece kilómetros para buscar a sus amos, no los encuentra y se devuelve.” No puedo evitar pensar en pendejadas, que afortunadamente son anécdota cuando el final es feliz.










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